Al cumplirse el primer año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el balance global dista radicalmente de sus promesas electorales de «paz mundial». Lejos de resolver los conflictos heredados, la administración Trump inauguró una era de beligerancia multidimensional, expandiendo la presencia militar estadounidense y utilizando el chantaje económico como su principal arma diplomática. Lo que en Washington se vende como «paz a través de la fuerza», el mundo lo padece como una estrategia de asedio global.
El falso fin de las «guerras eternas»
A pesar de su retórica de pacificación, este primer año ha estado marcado por una intensificación de las operaciones militares en puntos críticos. Lejos de retirarse, Trump ha mantenido y reactivado focos de conflicto:
- Irán y Yemen: El asedio naval y aéreo contra objetivos relacionados con Irán ha escalado, incluyendo bombardeos masivos contra los hutíes en Yemen, sumiendo a la región en una inestabilidad permanente.
- Siria, Irak y Somalia: Las operaciones de fuerzas especiales y ataques con drones han continuado bajo el pretexto de la «seguridad nacional», ignorando la soberanía de estas naciones.
- Nigeria: El uso de ataques aéreos en territorio nigeriano marca una nueva frontera en la expansión militar de su gestión.
- Ucrania: Aunque prometió terminar el conflicto en 24 horas, Trump ha firmado presupuestos de defensa que destinan 800 millones de dólares adicionales para la compra de armas estadounidenses por parte de Kiev, perpetuando una guerra que desangra a Europa.
A un año del inicio de su segundo mandato, la administración de Donald Trump ha ejecutado o coordinado más de 600 ataques aéreos y con drones en al menos siete países, desmoronando su promesa electoral de poner fin a las intervenciones extranjeras.
Bajo operaciones como la denominada «Rough Rider», el Pentágono ha concentrado sus bombardeos en Yemen, donde la destrucción de infraestructura ha sido masiva, además de ataques sistemáticos en Irak, Siria y Somalia.
La expansión bélica alcanzó nuevas fronteras con incursiones aéreas en Nigeria y agresiones navales directas en el Caribe contra Venezuela, donde el uso de misiles contra embarcaciones civiles y militares ha sido denunciado como una violación flagrante a la soberanía regional, consolidando un despliegue de fuerza sin precedentes en la última década.
Agresión directa contra Venezuela y el Caribe
En América Latina, la política de Trump pasó de las sanciones a la agresión paramilitar y naval. El despliegue de buques de guerra y submarinos nucleares en el Caribe resultó en ataques directos contra embarcaciones venezolanas, bajo la excusa de la lucha contra el narcotráfico. Estos incidentes, que han dejado un saldo de víctimas civiles, son calificados por organismos internacionales como asesinatos extrajudiciales y una violación flagrante del derecho marítimo internacional. Asimismo, el despliegue militar ayudó a una agresión sin precedentes que terminó con el secuestro del presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro junto a la primera dama, Cilia Flores.
También, amenazó al presidente de Colombia, Gustavo Petro y a la mayor de las Antillas, Cuba, por manifestarse siempre en contra de sus políticas imperialistas.
Violencia contra los migrantes
En el ámbito interno, la política de «mano dura» migratoria provocó una crisis humanitaria y económica de gran escala, con la deportación de más de 620.000 personas solo en el primer año. La eliminación del asilo y la implementación de expulsiones masivas no solo han fracturado a miles de familias trabajadoras, sino que han comenzado a drenar la fuerza laboral estadounidense, proyectando una caída del 1,1% en el PIB para este 2026 debido a la escasez de mano de obra en sectores clave como la agricultura y la construcción.
El clima de persecución, reforzado por el despliegue militar en la frontera sur y el uso de órdenes ejecutivas para anular la reunificación familiar, ha sumido a las comunidades migrantes en un estado de terror permanente, mientras el costo de vida aumenta debido a las disrupciones económicas causadas por estas mismas purgas demográficas.
También en su primer año de segundo mandato, Donald Trump marcó la ruptura del orden federal y la ocupación militar de grandes metrópolis. Invocando poderes de emergencia y la Ley de Insurrección, el republicano desplegó tropas federales y contingentes de la Guardia Nacional en Washington D.C., California, Tennessee, Oregón e Illinois, ignorando la autoridad de gobernadores y alcaldes.
Esta militarización, justificada bajo el pretexto de combatir el crimen y asegurar las deportaciones, ha convertido a ciudades como Chicago, Los Ángeles y Portland en zonas de patrullaje bélico, donde tanquetas y uniformados armados vigilan espacios públicos, generando un clima de confrontación directa entre el Gobierno Federal y los estados que se resisten a sus políticas autoritarias.
Las políticas migratorias de Trump han trascendido las fronteras para convertirse en una campaña de terror doméstico que amenaza con expandirse a cada rincón de EEUU. Con el objetivo de ejecutar «el mayor plan de deportación de la historia», la Casa Blanca lanzó advertencias directas de intervención militar contra lo que denomina ciudades «santuario» que no colaboren con sus operativos, poniendo en la mira a Minnesota, Luisiana, Nueva York, Baltimore, San Francisco, Oakland y San Luis.
Esta estrategia no solo ha fracturado la cohesión social y causado la expulsión masiva de cientos de miles de trabajadores, sino que ha instaurado una vigilancia donde el ejército es utilizado para perseguir a civiles en barrios residenciales.
La amenaza constante de enviar fuerzas federales a estas jurisdicciones ha sumido a la nación en una crisis constitucional sin precedentes, donde la soberanía de los estados y los derechos civiles básicos están siendo sacrificados en nombre de una agenda de purga demográfica y control absoluto.
Amenazas de anexión y expansión territorial
La doctrina Trump 2025-2026 ha revivido el expansionismo del siglo XIX:
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Groenlandia: La amenaza de imponer aranceles de castigo a las naciones que se opongan a la «compra» o anexión de la isla ha generado una crisis diplomática sin precedentes con la Unión Europea.
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Canadá y México: El uso del T-MEC como arma para exigir concesiones en seguridad y soberanía ha puesto a sus vecinos bajo una presión constante de intervención.
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Colombia y Panamá: Las amenazas de bombardeos contra cárteles en territorio colombiano y la presión sobre el Canal de Panamá demuestran un desprecio absoluto por la autodeterminación de los pueblos.
La guerra de aranceles: El mundo bajo asedio económico
Finalmente, su gestión institucionalizó la «guerra de aranceles» como una forma de terrorismo económico. Desde el 10% general a todas las importaciones hasta amenazas del 100% y 200% contra sectores específicos de China y Europa, Trump dinamitó las reglas del comercio global, provocando una inflación mundial que castiga principalmente a las familias trabajadoras.
